Sewa Ania

(Universo de las Flores)

El Sewa Ania, traducido como el "Mundo Flor", no es un lugar que se visite como quien cruza un umbral, sino un estado del universo mismo: el instante en que el monte florece. Para los Yaquis la realidad no es una sola: es un tejido de mundos superpuestos —los aniam— que conviven sin fundirse del todo. Está el huya ania, el mundo silvestre del desierto; el yo ania, el mundo encantado de las cuevas; el tenku ania, el de los sueños; y, brotando de todos ellos, el sewa ania, que es como el rostro florecido del monte cuando la lluvia lo despierta.

De ese mundo desciende el venado, el ser primigenio de los cahitas, y por eso la danza del venado es la puerta ceremonial hacia él. Cuando el danzante —al que llaman sewa yoleme, "persona flor"— se mueve al ritmo que marcan los cantadores, no está representando una escena: está tendiendo un puente entre el monte árido y su versión florecida, entre la carencia y la abundancia. En el ritual, el venado muere simbólicamente y su espíritu se transforma en flores, regresando al mundo del que vino. Así, cada flor no es adorno: es memoria de ese tránsito entre la vida, el sacrificio y la renovación.

Pero el sewa ania también recibe a los muertos. Cuando un yaqui fallece, su alma emprende un camino oscuro de un año hasta llegar a ese universo donde animales, plantas y hombres conviven en armonía, y desde allí regresa cada octubre y noviembre a visitar a los vivos.

Lejos de ser un mito aislado, el Mundo Flor yaqui forma parte de un complejo simbólico más antiguo y extendido, nada de esto pertenece al reino de lo fantástico: el sewa ania es, una hermosa parte viva del mundo presente.


CREACIÓN DE LA DANZA DEL VENADO

​Los ancianos platican de tiempos remotos, de voces antiguas que quedaron impregnadas en cada rincón de esta sagrada tierra, desde aquellos tiempos de asentamiento. Era el lugar predestinado por los sabios de la tribu, es cuando Napo Wisa´i, el jefe máximo de la tribu, se hinca en el suelo y desenrolla el tapete, que en su caminar ha llevado consigo, en el traía el Jiak Batwe (nuestro río), itom bwia (nuestra tierra) e itom Kawi (nuestra sierra).

Dios nuestro creador nos ha señalado este lugar, para que del agua de nuestro río saciemos la sed, y de esta sagrada tierra vivamos y nos alimentemos, y que nuestra tierra nos sirva de refugio y defensa de posibles enemigos en el mañana. Y se dirige a cuatro guerreros yaquis, y con voz de trueno da el siguiente mandato:

Yo, Napo Wasa´i (vía láctea) nombro a Yuku Jeka (viento de lluvia) que se dirija hacia donde sale el sol y ponga una señal donde encuentre un animal de uña y colmillo.

También nombró a Sapa Jisakame (copete de hielo) que te dirijas hacia donde se oculta el sol y pondrás una señal en nombre de nuestra tribu donde encuentres una gran serpiente.

Sua Waka (estrella Fugaz) tu, iras hacia donde llega el frío, y en lo más alto de la sierra encontrarás el nido del Tuka´a Wiru (ave mitológica) que será nuestra señal; y te nombro a ti también Choki Jisa (cometa) a que te vayas hacia donde llega el calor y pondrás la señal en el Yo´o Joara (lugar mágico) que se encuentra en medio del mar.

Después de siete días y sus noches Napo Wisai (vía láctea) el jefe supremo de la tribu ve cumplida su misión y le dice a su pueblo que este será su Ú itom tos´sa (nuestro nido) para que en el mañana y más allá de ella, lo reconozcan como nuestro Jiak bwia (territorio sagrado).

Todavía pasaron muchos años, tal vez siglos, cuando nuestro cielo era limpio, cuando el aire puro arrullaba nuestros sueños, cuando nuestros viejos se comunicaban en lenguaje claro con los animales y árboles, cuando los nuestros conversaban con el río, cuando éramos hermanos todos. Sucedió en un pueblo llamado Kopas, cerca del mar, ahí vivía Teta Siba (reliz de piedra) y su esposa Sewa Kauti (flor deshojada), era el amanecer de un hermoso día de primavera, cuando la esposa de Teta Siba acercándose a él, le dice:

“Esposo mío, creo que mañana no tendremos nada que comer, se nos terminó la comida”. Teta Siba se prepara para ir en busca de alimento y con su manojo de flechas y un arco poderoso, se empeña en su misión y se interna en el espeso bosque en busca de su presa.

La caminata es agotadora, pero también el día se está acabando y no logra encontrar nada, cansado, se sienta bajo la sombra de un frondoso árbol de mezquite, totalmente agotado, pero no vencido. Mientras descansa piensa, ¿Qué le podré llevar a mi esposa Sewa Kauti?

Todavía era de día, cuando a su sensible oído, llega el murmullo de voces, aparentemente lejanas, pero él podía escuchar a mucha distancia e identificar cualquier clase de ruido, pero este era un sonido extraño a sus oídos. El murmullo que escucho al principio llega a sus sentidos con mayor intensidad y la curiosidad se apodera de él y lo obliga a acercarse lo más discreto posible de donde provenía aquel murmullo, como voces de palabras incomprensibles.

Cuando Teta Siba llega al lugar se agazapa debajo de un frondoso árbol y descubre con asombro, en un claro, en medio del bosque, que se está llevando a cabo una extraña reunión, en el centro de la reunión, rodeado de toda clase de animales, se encuentra el gran Yoawa (ser mitológico), un ejemplar hermoso, grande, que parado sobre sus dos patas hace reverencias hacia los cuatro puntos cardinales y se inclina hacia los asistentes como explicando el motivo de aquella extraña reunión. De repente todos los animales presentes, iniciando con emisión de sonidos, aleteos, graznidos, gruñidos y ladridos, que poco a poco se fueron suavizando hasta convertirse en un canto suave y agradable, sonidos y cantos que penetran por los oídos de Teta Siba y la ejecución armoniosa y viril es registrada por sus ojos para la eternidad.

Así nace el Yoawa (ser mitológico) para honrar a nuestros dioses, herencia legada por nuestros antepasados, una danza relacionada con el Yo´o Ania (mundo animal) y el Juya ania (mundo vegetal).

La danza del venado domina dos aspectos fundamentales: el sagrado y el profano. Sugiere los misterios de una disciplina difícil y exigente, en la medida en que de alguna manera eleva a los espectadores junto con el danzante a una sensación de reposo a través de la misma intensidad de su movimiento.

La danza pues, es una devoción y acompañamiento de devociones sumamente variadas en nuestras ceremonias y que está inseparablemente ligada a toda ceremonia yaqui, y es parte importante del culto de los seres sobrenaturales, tanto en los cristianos como en los procedentes del Juya ania.

La danza, por lo tanto, es parte integral de la devoción yaqui, y da expresión concreta a sentimientos religiosos.